Opinión independiente de Alvarez de Mon

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opinión
Santiago Álvarez de Mon
27/01/2016

Al poder a través de la mentira

Escribo esta columna desde México. Buscando inspiración para reflexionar sobre la delicada situación política en España, me reencuentro con Octavio Paz. “La mentira inunda la vida mexicana; ficción en nuestra política electoral; engaño en nuestra economía; mentira en el sistema educativo; farsa en el movimiento obrero (que todavía no ha logrado vivir sin la ayuda del Estado)… Mienten los reaccionarios tanto como los revolucionarios; somos gesto y apariencia, ni siquiera el arte se enfrenta a su verdad”. Las palabras del gran escritor mexicano, que datan de 1943, son perfectamente aplicables a las negociaciones entre los diferentes partidos políticos españoles. Especialmente dramático y triste el tono de las conversaciones de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Éste último manifiesta su disposición para dialogar a izquierda y derecha, para, ipso facto, negarle la palabra al PP. El ambicioso candidato socialista a la presidencia del Gobierno se muestra abierto a charlar con quien sea –Bildu, la CUP, toda la lista de separatistas…– pero, eso sí, al partido con más votos que nadie, ni agua. ¿Por qué? Y que conste que no estoy entre los más de 7 millones de españoles que en diciembre votaron a Mariano Rajoy. ¿Por la dureza del ajuste? ¿Por los recortes del PSOE de Zapatero? ¿Por la nefasta corrupción? Razón de peso, huele muy mal en nuestro país, ¿está libre de pecado el partido del señor Sánchez? Dejémonos de fariseísmos, de frases grandilocuentes, de tonos solemnes –su agresividad verbal, su lenguaje corporal le ponen en evidencia– y reconozca que todos han participado de la misma mentira. Escuchando a Sanchez hablar de la derecha, no digamos a Iglesias, pareciera que tiene la peste, que están aquejados de una enfermedad contagiosa, que son una panda de fachas violentos a los que poner a buen recaudo. ¡Potenciales presidentes de gobierno y a priori excluyen de su radar a millones de españoles!
Si las conversaciones de los líderes políticos estuvieran presididas por el bien común, por el propósito de servir a los ciudadanos, por la noble causa de sacar este país adelante, identificar y cumplir una agenda común de reformas imprescindibles no sería una quimera.
Reformar la actual ley electoral, garantizar la independencia del poder judicial –saquen los políticos de ahí las manos– , transformar el sistema educativo , cerrar desde el diálogo el conflicto territorial, atacar en su raíz la corrupción – mal intolerable, denigrante–, afrontar decididamente el paro estructural del país… ¿Cuántas personas de uno y otro lado ideológico abrazarían un generoso plan de reformas?
¿Por qué entonces no se explora un terreno común, desde las singularidades y diferencias de cada partido? No perdamos el tiempo buscando la respuesta. Lisa y llanamente, el poder, droga dura para los mediocres, es la razón oculta de los comportamientos que estos días tienen lugar. Pablo Iglesias es un profesional del poder, el que más disfruta jugando a juego tan peligroso. Soberbio, prepotente, sectario –un mix obsoleto y casposo de Robespierre, Lenin, Castro, Chávez, sus ídolos de la infancia–, sólo le guía llegar a Moncloa. Sabe perfectamente que con el millón y pico de votos que tradicionalmente cosecha la izquierda comunista es misión imposible. Por consiguiente se hace un lifting, esconde su comunismo más rancio y, con la irresponsable pasividad del resto de candidatos, que le tienen un temor reverencial, presenta su cara más amable y cínica. ¿Y Sánchez? Un perdedor que no digiere su derrota. Falto de madurez y humildad para encajar el golpe, usuario de un traje que le viene muy grande, apura obsesionado sus bazas. La alternativa le da pánico.
¿Qué hemos hecho mal para llegar a esta encrucijada? Un país en marcha, vibrante, volcado en su expansión internacional, integrado definitivamente en Europa, con empresas pujantes, con profesionales dotados de un inmenso talento, pendiente de un iluminado revanchista, de un socialista bisoño, codicioso y de la tropa que les observa, la jungla de partidos que sueña con romper España. Confiado en la reacción de las mejores cabezas –en el partido socialista hay gente sensata que con esto no puede comulgar–, recupero a Paz. Estamos en 1968. “Es incongruente –desde un punto de vista moral tanto como sentimental– mi permanencia en el servicio exterior mexicano. Precisamente había ya iniciado el trámite para obtener mi retiro. Lo que pasa ahora me revela que lo debería haber hecho antes. Todo esto me tiene apenado, avergonzado y furioso, con los otros y, sobre todo, conmigo mismo.”
Más vale tarde que nunca. Tiempos para que cada uno se enfrente a sí mismo, se libere de la presión opresora del poder, encuentre la paz interior y actué según le dicte su conciencia.
Profesor del IESE

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