Releer al Emilio y ver Anesthesia

Rousseau y la música de Maurice André , Canela y Harper Lee, las pintas de Capote y los recuerdos de Lilian Helman , Dashiel Hammet y los sueños de Santa Mónica, la libertad y la película de Fonda hijo, Harley y la cerveza irreflexiva. La mezcla es una memoria de uno del siglo veinte, que llegó a éste un poco perdido, como turco en la neblina, dicho que no se de donde viene, ya que cualquiera se pierde en la niebla; nunca sirvas al que sirvió , sabias reflexiones de un Baltasar Gracian de Madrid. Historia de Javier y sus aventuras por el Africa profunda y las mias como las de Salgari, sentado tomando un café. Poetas del exilio cubano los está buscando Pedro Sánchez, que nunca pudo decir nada original, ni Pablo, hábil glosador de Gramsci , ni tan siquiera Don Mariano hasta que se deje de teñir el pelo. Los titiriteros son anarquistas malos dicen , según cuentan son unos románticos de 1930 que han puesto bombas sin heridos y marionetas con algún hilo roto. Parece que el guión es de un humorista urbano : los tendrán que juzgar por lo que hicieron no por lo que son, ¿Y que hicieron? una representación pública que no vi pero parece que no es ejemplar. ¿Recuerdan cuando Madame Bovary fue censurada por obscena?¿Ahora la censura también trae pena de prisión? vaya libertad de expresión, no porque se deba permitir un espectáculo para niños basado en violaciones y violencia, no mas que la tele que todos los días y en toda las casas da ejemplo de lo mismo y sus directivos están libres como pajarracos. Libertad a los titiriteros y la obra: prohibida y a la tele!
Tiritando!

Opinión independiente de Alvarez de Mon

Orbyt.

opinión
Santiago Álvarez de Mon
27/01/2016

Al poder a través de la mentira

Escribo esta columna desde México. Buscando inspiración para reflexionar sobre la delicada situación política en España, me reencuentro con Octavio Paz. “La mentira inunda la vida mexicana; ficción en nuestra política electoral; engaño en nuestra economía; mentira en el sistema educativo; farsa en el movimiento obrero (que todavía no ha logrado vivir sin la ayuda del Estado)… Mienten los reaccionarios tanto como los revolucionarios; somos gesto y apariencia, ni siquiera el arte se enfrenta a su verdad”. Las palabras del gran escritor mexicano, que datan de 1943, son perfectamente aplicables a las negociaciones entre los diferentes partidos políticos españoles. Especialmente dramático y triste el tono de las conversaciones de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Éste último manifiesta su disposición para dialogar a izquierda y derecha, para, ipso facto, negarle la palabra al PP. El ambicioso candidato socialista a la presidencia del Gobierno se muestra abierto a charlar con quien sea –Bildu, la CUP, toda la lista de separatistas…– pero, eso sí, al partido con más votos que nadie, ni agua. ¿Por qué? Y que conste que no estoy entre los más de 7 millones de españoles que en diciembre votaron a Mariano Rajoy. ¿Por la dureza del ajuste? ¿Por los recortes del PSOE de Zapatero? ¿Por la nefasta corrupción? Razón de peso, huele muy mal en nuestro país, ¿está libre de pecado el partido del señor Sánchez? Dejémonos de fariseísmos, de frases grandilocuentes, de tonos solemnes –su agresividad verbal, su lenguaje corporal le ponen en evidencia– y reconozca que todos han participado de la misma mentira. Escuchando a Sanchez hablar de la derecha, no digamos a Iglesias, pareciera que tiene la peste, que están aquejados de una enfermedad contagiosa, que son una panda de fachas violentos a los que poner a buen recaudo. ¡Potenciales presidentes de gobierno y a priori excluyen de su radar a millones de españoles!
Si las conversaciones de los líderes políticos estuvieran presididas por el bien común, por el propósito de servir a los ciudadanos, por la noble causa de sacar este país adelante, identificar y cumplir una agenda común de reformas imprescindibles no sería una quimera.
Reformar la actual ley electoral, garantizar la independencia del poder judicial –saquen los políticos de ahí las manos– , transformar el sistema educativo , cerrar desde el diálogo el conflicto territorial, atacar en su raíz la corrupción – mal intolerable, denigrante–, afrontar decididamente el paro estructural del país… ¿Cuántas personas de uno y otro lado ideológico abrazarían un generoso plan de reformas?
¿Por qué entonces no se explora un terreno común, desde las singularidades y diferencias de cada partido? No perdamos el tiempo buscando la respuesta. Lisa y llanamente, el poder, droga dura para los mediocres, es la razón oculta de los comportamientos que estos días tienen lugar. Pablo Iglesias es un profesional del poder, el que más disfruta jugando a juego tan peligroso. Soberbio, prepotente, sectario –un mix obsoleto y casposo de Robespierre, Lenin, Castro, Chávez, sus ídolos de la infancia–, sólo le guía llegar a Moncloa. Sabe perfectamente que con el millón y pico de votos que tradicionalmente cosecha la izquierda comunista es misión imposible. Por consiguiente se hace un lifting, esconde su comunismo más rancio y, con la irresponsable pasividad del resto de candidatos, que le tienen un temor reverencial, presenta su cara más amable y cínica. ¿Y Sánchez? Un perdedor que no digiere su derrota. Falto de madurez y humildad para encajar el golpe, usuario de un traje que le viene muy grande, apura obsesionado sus bazas. La alternativa le da pánico.
¿Qué hemos hecho mal para llegar a esta encrucijada? Un país en marcha, vibrante, volcado en su expansión internacional, integrado definitivamente en Europa, con empresas pujantes, con profesionales dotados de un inmenso talento, pendiente de un iluminado revanchista, de un socialista bisoño, codicioso y de la tropa que les observa, la jungla de partidos que sueña con romper España. Confiado en la reacción de las mejores cabezas –en el partido socialista hay gente sensata que con esto no puede comulgar–, recupero a Paz. Estamos en 1968. “Es incongruente –desde un punto de vista moral tanto como sentimental– mi permanencia en el servicio exterior mexicano. Precisamente había ya iniciado el trámite para obtener mi retiro. Lo que pasa ahora me revela que lo debería haber hecho antes. Todo esto me tiene apenado, avergonzado y furioso, con los otros y, sobre todo, conmigo mismo.”
Más vale tarde que nunca. Tiempos para que cada uno se enfrente a sí mismo, se libere de la presión opresora del poder, encuentre la paz interior y actué según le dicte su conciencia.
Profesor del IESE

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Banco Popular-. maltrato e ineptitud continuados

Tengo una antigua relación como cuentacorrentista con una sucursal del banco Popular, queda en la calle Panamá. He pagado en mi calidad de avalista un crédito de una sociedad en concurso. Para certificar el pago ante los administradores concursales pedí hace seis meses un certificado acreditando el pago. Después de ingentes mails, quejas, etc, hace una semana me dieron un recibo, no lo que había pedido y me lo llevé desesperado por el desgaste y para no perder el reconocimiento del crédito. Hoy me llama una empleada para decirme que lo lamentaba, pero que el número de contrato estaba mal y que me daba otro documento si pasaba por allí. Claro la llamada telefónica  después de haber enviado yo un burofax denunciando la situación. Estos abusos son cosa de todos los días y salvo ir a juicio nada se puede hacer.-

Plaza de Castilla-Juzgados- Maleducados en Seguridad- Abusos de la Ley Mordaza

Mi cliente tenia que prestar declaración, yo soy su letrado. Para no dejarlo entrar solo le acompañé por la puerta de control general. No obstante exhibí mi carnet de colegiado, el empleado de seguridad a cargo- securata privado- de mala manera me dijo que debía entrar por la puerta de profesionales. Intenté ser cordial explicándole que también podía como cualquiera entrar por la puerta general, Reaccionó como últimamente vemos en quién se ha beneficiado de la Ley mordaza y de mala manera me volvió a enviar por la puerta de profesionales. Le indique que le iba a presentar una queja y me dijo que podía presentarle tres,
Se cumplía la hora de la declaración de mi cliente por lo que debimos subir al juzgado. Al terminar llegamos a la conclusión que no merecía la pena presentar la queja: iba a ir al cesto de los papeles, como todo aquello que formalmente aparece como medio para equilibrar las enormes diferencias que existen entre ciudadanos de a pie y cualquiera al que le den algo de autoridad.