Recuerdo de nuestro querido Taco por su sobrina Anna Larreta

 

“You say Goodbye, I say hello…Hello, hello …”

Recordando a Taco

 

Coelho escribió una frase que pegué en la
puerta de mi heladera, en un momento en que parecía adecuada: « Lo posible
está a penas un poquito después de lo imposible ».  Cuando me enteré de que Taco se había ido, lo
esperado desde hacía ya meses sobre todo por su bien, se transformó en
inesperado. No sé si Coelho diría “lo esperado es una quimera y lo que ocurre
nos agarra siempre desprevenidos”, pero lo digo yo.

Para mi lejanía, fue todo de una
precipitación vertiginosa. Las noticias iban más rápido que mi capacidad de
entendimiento. Aún intento, a duras penas, arañar la lógica de lo ocurrido
buscando fotos, lanzándolas al aire para compartirlas con los servicios de
seguridad del Universo pero sobre todo con las personas que él quiso y que lo
quisieron y lo admiraron. Pero para que tengan aún más datos sobre las facetas
de él que conocí, la de protector a pesar suyo, la del hombre cuyo talento no
me cansaba de descubrir siendo niña y que luego, de “niña grande”, se
transformaría en fuente de inspiración, en “escuela infusa”, en guerra a brazo
partido entre dos pasiones, dos naturalezas diabólicamente complementarias que
no encontrarían un terreno de diálogo apacible hasta tarde, quizás demasiado tarde,
para contar momentos que hablan de cómo era, de su gracia infinita, de su
malicia y de sus principios, no puedo sino recurrir a mis dos más fieles
compañeros, el lápiz y el papel, es decir mi computadora.

Les sorprenderá saber que esa “batalla” de la
que hablo fue secreta y en el silencio de nuestras mutuas intuiciones y
sensibilidades, envuelta en un gran pudor y, sobre todo, instigada por un amor
mutuo profundo e indestructible.

De chica, con el fin de descifrar a aquel
ser misterioso y enigmático que era Taco para todo ojo capaz de atravesar los
velos deliciosamente engañosos de su simpatía, de su cultura y de su
indiscutible seducción, ojeaba sus libros. Curioso método se dirán ustedes,
pero Taco, además de tener un sinfín de libros y de haberlos devorado todos,
tenía la enojosa costumbre – que yo heredé sin complejo -,  de subrayar lo que le llamaba la atención por
una razón o por otra. Así conocí lo que lo angustiaba, lo que reconocía como
propio, lo que quería, lo que él hubiera querido expresar de la manera que el
autor lo hacía, conocí lo secreto, lo inconfesable. Con Chejov entre las manos
a los diez, y una familia en la que los silencios y el sonido de los cubiertos
decían mucho más que las frases que iban y venían con aparente naturalidad y
casi siempre con una buena dosis de sentido del humor, el descubrimiento de
párrafos cruciales abonó sin duda el terreno para entender más tarde lo que
Stanislawski llamó “subtexto”. A buen conococedor …

Lo más maravilloso era cuando su
sensibilidad y la mía coincidían. Instantes sagrados, difíciles de entender
quizás para todos aquellos que tuvieron otras infancias pero que no hacían sino
nutrir el espíritu de la niña que yo era y de la mujer que soy. Era mi mundo,
“pour le meilleur et pour le pire”, como se dice en esta tierra desde la que
escribo.

Cuando tenía doce años, ese mismo mundo en
el que había nacido y que era el mío por derecho propio, se derrumbó: Taco se
fue. Pero antes de irse para lo que a mí me decían que era “siempre” (yo estaba
acostumbrada a que Taco viajara y me trajera divinos regalos y me mandara
entrañables postales), vino a vernos para despedirse de su padre, de sus
hermanas y de mí. Lo recuerdo en el hall da la casa de abuelo, donde yo vivía
con mi madre y mi tía Verónica, vestido con su infatigable gabardina beige
(tenía tres pero eran la misma) y llevando una especia de cartapacio diminuto
como todo equipaje.

Huía. Mi tío huía. El absurdo alcanzaba
proporciones inconmensurables como siempre en épocas de intransigencia y
violencia. Antes de subir al ascensor, se dio vuelta, clavó sus dos azabaches
indomables y sagaces en mis ojos un poquito velados por las lágrimas y me
susurró en un curioso tono de revancha anticipada: “Te voy a traer conmigo”.
Una especie de cólera extraña empezaba ya a hervirle dentro, una rabia
contenida que le daría la fuerza para sobrevivir del otro lado del océano,
haciendo “fi” de vanidades inútiles, compartiendo lo indispensable con sus
amigos del alma, Luis, Cacho, Norma. Con la distancia me doy cuenta de que fue
durante el tiempo que duró su trayecto entre la puerta de casa y el ascensor,
conmigo siguiéndolo de cerca, que tomó la resolución de hacer todo lo posible
para que yo pudiera crecer en un lugar más libre, aunque no fuera el mío,
entrañable, el que los dos conocíamos y amábamos sin hacernos preguntas, el
mismo que ahora le daba la opción de irse o quedarse pero en la cárcel y sin
duda no muy bien tratado y todo eso por nada: Taco nunca fue un militante de
nada ni de nadie. Lo que hizo lo hizo por ética, por humanidad y por amistad.

Y sin duda cumplió su promesa. Protector
eterno de su hermana mayor y de todo lo que ella acarreara con ella, o sea yo y
una cantidad de muebles, cajas, fotos, ropa, trajes, encajes, libros, perros,
recortes, cacerolas de cobre y demás menesteres. Zarpamos – y digo bien,
zarpamos porque el equipaje de mamá, aunque “reducido” según ella a su mínima
expresión, requería un barco – en el Julio Cesare, en segunda clase (la primera
era un recuerdo de la infancia de estos dos hermanos inseparables) del puerto
de Buenos Aires, un 26 de Julio de 1977, mamá, Chiquita, la perra que había
recogido hacia unos meses en Buenos Aires de la calle, toda pulguienta y
anémica, y yo, sin pulgas pero mareada. Cumplí diez y ocho años queriendo tirarme
al agua para nadar hasta la orilla. Por suerte mis tentativas de suicidio
durarían a penas el tiempo de adaptarme y de superar el “mar de mer”.

Llegadas a España las tres, (de más está
decir que Chiquita y Pelayo, el perro de Taco, fue un amor tan eterno como
casto pero a primera vista y para siempre) Taco me llevó a mi sola a un rincón
de su precioso apartamento de la Calle Mayor y, clavando sus azabaches esta vez
inyectados de severidad en mis ojos deslumbrados, me soltó otra de sus frases
de antología: “Aquí no se queja nadie”. En su honor he de decir que por aquella
época, muchos llorisqueaban de morriña y a Taco esos efluvios de auto-compasión
lo sacaban de quicio. En el fondo, Taco era muy inglés. Pero yo no tenía la más
mínima intensión de quejarme. La parte más hostil y ardua del exilio la había
vivido en Argentina entre los 15 y los 17 años. Los recuerdos más duros del
desenraizamiento (el desarraigo, es un sentimiento a veces mudo a veces parlanchín,
que dura toda la vida, pero el desenraizamiento es la amputación sin anestesia
de “la raíz”), de soledad y de violencia, correspondían y corresponden a
aquella época extraña, en la que también conocí amigos inolvidables, me enamoré
por primera vez y canté Cat Stevens y Paul Simon hasta el agotamiento.

Pero en aquel día soleado, el primero en
Madrid, bajo aquel cielo azul inigualable, en una España risueña que se sacudía
con entusiasmo las telas de araña de cuarenta años de dictadura, yo estaba a
siglos luz de quejarme. Me sentía una privilegiada y por una vez lo era. Sin
embargo, aquella frase no se me olvidó nunca y durante mucho tiempo me negué a
utilizar el término “exilio” para definir lo que vivía. El “aquí no se queja
nadie” sigue aún tan vivo en mí como el primer día, sólo que ahora no me asusta
sino que lo comparto, lo asumo y hasta lo impongo con la misma intransigencia
de mi tío.

Mi carrera de actriz empezó en España, sin
la bendición ni de Taco ni de mi madre que soñaban, los muy hipócritas, con
diplomas lúcidos que me permitieran ganar un sueldo normal. Lo peor es que
tenían razón y que podría haber hecho ambas cosas pero era y soy impaciente y
no me quejé (ni me quejaré nunca), pero hice lo que quise.

Y llegó el día en que todo volvió a
cambiar, esta vez para mejor. La casa se vaciaba rara vez, mamá cocinaba muy
bien y raras eran las noches en las que no había un grupo de amigos a comer, a
jugar a las cartas, a charlar hasta bien entrada la noche. Una mañana en la que
mamá y yo secábamos los platos de la festichola de la noche anterior (creo que
el lavavajillas fue sabiamente adquirido con el fruto de lo que me preparo a
relatar), Taco apareció con cara de haber hecho una sinvergüenzada de las
grandes y el País en la mano.

Era el día del fallo del Premio Planeta. En
grandes títulos, El País, resumía que los miembros del jurado buscaban aún
desesperados la verdadera identidad de aquél o aquella que se ocultaba detrás
un seudónimo enigmático y por el momento mudo: el nombre de un personaje de una
novela de Joseph Conrad (¡Si alguien se acuerda del nombre del uno y de la otra
que levante el dedo!). El artículo barajaba nombres de autores conocidos, entre
los que recuerdo el del Duque de Alba. Mamà y yo leímos el artículo, levantamos
nuestras miradas hacia los famosos azabaches, conocedoras ambas de las
artimañas de la familia y de Taco en especial y dijimos al unísono:

–       
¡Sos tú!

Había escrito “Volaverunt” en silencio y a
escondidas, en una época difícil, utilizando “los restos” de Goya, es decir
todo lo que había absorbido para la creación de la serie de televisión que
acababa de terminar. Casi como una manera de conjurar a esos demonios extraños
que nos asaltan a todos en un momento u otro de la vida. Empezaba a perder
audición de uno de sus oídos (la coincidencia era sin duda curiosa) y supongo que
la inseguridad de su situación lo angustiaba sobre manera.

A los diez minutos del incidente de la
cocina, con las dos colgadas todavía de su pescuezo y los perros ladrando
desenfrenados de excitación y de alegría por lo que captaban como un evento
feliz, empezaron a llegar los periodistas. Mamà y yo corríamos llevando y
trayendo tazas de café llenas y vacías, nos abrazábamos, saltábamos juntas de
felicidad, volvíamos al living con tasitas de café llenas, con más azúcar, con
agua. Posábamos con Taco si nos lo pedían o nos eclipsábamos discretas si no.
Los años del anonimato se habían terminado. Taco se las había agenciado (si
duda con una ayudita de la providencia), para terminar con ellos de manera
espectacular. Aquello era más que un final feliz de una etapa y el comienzo de
otra. El Premio Planeta fue un regalo de los hados, de los Dioses y de los
ángeles y un cuento de hadas, todo en uno.

Los encargos de guiones para cine y
televisión empezaron a llover. Recuerdo con la misma fascinación con la que la viví,
la atmosfera que Taco creaba cuando se ponía manos a la obra, su disciplina, el
peso colosal de sus silencios, su concentración inviolable y junto a todo esto,
sus listitas, colocadas siempre a la derecha de la máquina de escribir:

–       
Llamar a Sancho

–       
Escaleta “El Hombre del
Sombrero Verde”

–       
Comprar papel

–       
Ir al correo

–       
Terminar escenas II, II y IV

Taco se enfrentaba a cada proyecto con el
espíritu del que “sabe que no sabe nada”. La Enciclopedia Británica y múltiples
diccionarios eran objetos de la vida cotidiana, como la tetera y los cubiertos.
Se hizo, por necesidad, especialista en la historia del bandidismo español del
siglo XIX, de Goya ni hablemos, Pérez Galdós no tuvo secretos para él, a Juana
la Loca la estudio en todos los idiomas que conocía y podría seguir enumerando,
en función de los guiones que escribió. En su trabajo se daban la mano el
cinéfilo, el gran dialoguista pero también el escritor y a veces incluso el
periodista, que lo fue y excelente. Cada vez, la casa se llenaba de historias
fascinantes. No sé si era consciente de la admiración que él despertaba en mí.
Taco mantenía conmigo una distancia curiosa y hasta me animaría a decir que
hablar con él me daba pánico.

Más tarde se hizo realidad otro sueño: el
de hacer teatro en España. Fue la hora de La Dorotea de Lope de Vega y de Los
Cuentos de Los Bosques de Viena. En la Dorotea, y ya resignado a que yo
siguiera los pasos de su querida Carmucha y los suyos, fui su ayudante de
dirección. Me acuerdo con qué vehemencia me zambullí en el estudio de los usos
y costumbres de aquel siglo de oro español. Había que crear decorado,
vestuarios, gestos. Cuando le dije que las mujeres en el siglo XVII se sentaban
en el suelo, sobre almohadones, al mejor estilo árabe y que solamente los
hombres tenían derecho a sentarse en sillas, a Taco se le iluminaron los ojos.
La Dorotea fue un baile de almohadones de todos los colores.

En Los Bosques de Viena, nuestra relación
se resintió un poco. Temeroso de que lo acusaran de “nepotismo”, me fabricó dos
personajes inexistentes y le dio a otra actriz el personaje que yo hubiera
podido hacer sin tener que fabricar nada extra.  De vuelta de un rodaje en el que había hecho
el papel femenino principal, viví aquella experiencia como una injusticia lo
cual no me impidió disfrutar mucho y divertirme con lo que me había tocado en
suerte.  Poco a poco fuimos alejándonos.
Me fui becada a Estados Unidos donde trabajé y retomé confianza, pero lo que
había aprendido durante aquellos años, nunca me abandonó y seguí siendo su
admiradora más fiel y me adjudico ese título de manera unilateral, sin
preguntar si hay otros u otras, ustedes perdonen.

Llegó el día en que leyó algo que yo había
escrito. Acababan de nombrarlo uno de los cien mejores autores de lengua
hispana. De más está decir que pronunció otra frase imborrable: “Dejà marido e
hijos y ponete a escribir”. ¿Un “piropo” disfrazado de imposible? ¿O había
leído él también la famosa frase de Coelho y me estaba poniendo a prueba? Esta
vez le obedecí a medias en lo que respecta a marido e hijos y lo mejor que pude
en lo que respecta a escribir.

En cualquiera de los casos, su legado está
fresquito y vivo como cuando él estaba entre nosotros y de mi pasará a otros y
otros quizás lo hayan absorbido trabajando con él. El asunto no es pasar el
plumero de vez en cuando por el recuerdo de alguien que nos hizo brillar, sino
transformar, a nuestra manera en acción, lo que aprendimos mientras estaba en
vida.

Gracias Taco por haber sabido trasmitir tu
pasión profunda e indomable por todo lo que el hombre puede hacer de
intrínsecamente bello  y por lo que
trasciende por su simplicidad y su justeza. Gracias por tu infinita elegancia y
tu pasión por la naturaleza humana. Espero que esta vez me otorgues tu
confianza. Pensándolo bien, no te queda otra. Con todo mi amor y mi más
profunda irreverencia, envío este texto escrito con el orgullo y la infinita
alegría de haberte conocido. Para que chicos como mis hijos, Rela y Elías, que
tanto quisiste y quieres desde donde estàs, quieran conocerte aún mejor y para
que los grandes te reconozcan, y aplaudan. Si, para aplaudan tu maravilloso
recuerdo y lo que compartieron contigo, Taco querido.

Anna Larreta

Paris, 25 de Agosto de 2015

 

 

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