Indignation

Me comentaba Esther que había leído el último de Roth y que le había gustado mucho. Cierto, se acaba de traducir al castellano aunque recomiendo que el que pueda lea el texto inglés. Un tema que no es nuevo en literatura, los geométricos efectos que produce en una vida una pequeña espontánea decisión u opción aparentemente sin importancia. Aprovecha el concepto para contar la historia de un joven judío americano en un tradicional colegio americano y el significado que tiene el compromiso vital con valores que la sociedad proclama pero que no aplica. El libro es excelente, se debe leer.

Bartok, Mahler y la Bartoli

Ella en el Real, cálida y excepcional. El público zarzuelero, entusiasta e ignorante de que a la cantante hay que dejarle terminar los temas. Un pedido de silencio de ella misma para poder hilvanar una estrofa con la siguiente. Pero todo muy efusivo y festivo. Kent Nagano y la orquesta de Montreal trajeron a Bartok, el final de su trilogía sobre vida y muerte y La Canción de la Tierra, sobre lo mismo, la tragedia de vivir y morir a destiempo, como suele suceder. Mahler la escribe después de morir Anna, su hija, enfermo y próximo él mismo a la muerte, con sus relaciones con Alma deterioradas. Se basa en cuatro poemas chinos. Si de Schubert decimos que encontró la melancolía, de la Canción se puede decir que encontró la melancolía resignada, la mirada triste y serena del espectáculo que no se puede alterar.

Murió Alfonsin, los humanos recuerdos….

Paso a continuación artículo publicado a raiz de la muerte de Alfonsin; agrego un comentario relacionado con los que estábamos en el extranjero cuando asumió y recordamos cuando Alfonsin mediante la firma de un convenio dejó sin efecto un antiguo tratado que habia permitido aún fugazmente abrigar a los argentinos la esperanza de obtener la residencia en España sin necesidad de trámites.
“Sergio Berensztein a veces es cedido a préstamo para lanacion.com. Su artículo sobre la muerte de Raúl Alfonsín, es uno de esos casos.En el entierro de Julio César, Shakespeare le hace decir a Marco Antonio que “el mal que hacen los hombres les sobrevive a su muerte; el bien queda a menudo sepultado con sus huesos”. Luego, realiza una encendida defensa de la ambición como motor de su vida política. Bruto, el hijo dilecto, quien le clavara la última daga al gran César, había convencido a los presentes que ese había sido su pecado, en definitiva su perdición. Por eso había cometido grandes errores, por eso había incluso violado la ley de Roma al entrar con sus tropas cruzando el Rubicón. En cierto sentido, eso justificaba su muerte. Por la sana y cívica actitud que se contempla en estas horas, la sociedad argentina parece decidida a rescatar lo mejor del rico legado del Dr. Raúl Alfonsín: el padre fundador de la aún endeble democracia argentina; el promotor de la paz y la integración regional; el impulsor del juicio a las juntas militares y del respeto a los derechos humanos; el líder austero y aferrado a sus convicciones; el hombre de partido hasta el último segundo de su existencia. ¿Implica esto ignorar sus errores? ¿Acaso desconocer las decisiones conflictivas que signaron su trayectoria? Tal vez en el día de su sepelio y por un buen tiempo predominen visiones un tanto románticas y sesgadas de su figura. Y es entendible que así sea. Esto puede significar que experimentamos un sentimiento de culpa colectiva por todo lo que no supimos, quisimos o pudimos expresarle a Alfonsín mientras vivía. Tuvo, es cierto, un merecido aunque tardío reconocimiento oficial. Pero es probable que todos nos hemos quedado con más deseos de decirle muchas gracias. Seguramente la cabal dimensión de su estatura pública podrá finalmente advertirse cuando estemos dispuestos a aceptar que todos tenemos aciertos y errores, virtudes y defectos, buenos y malos momentos, posturas generosas y egoístas que suelen entremezclarse de forma inexplicable, incluso abigarrada. En nuestros líderes se nota más, nos duele más, probablemente porque en ellos vemos reflejados nuestras propias dudas y contradicciones. Fue la oratoria y la convicción de Marco Antonio lo que les permitió a los ciudadanos romanos, en la ficción trágica de Julio César, reconciliarse con su líder. Aunque sólo en presencia de su cadáver. En vida se nos hace más difícil perdonar, ponernos en el lugar del otro, tratar de entender, antes que juzgar, las pretensiones y los intereses de todas las partes involucradas en un determinado conflicto. A pesar de que en la tradición judeo-cristiana el perdón y la reconciliación tienen una enorme fuerza sanadora y liberadora. Los argentinos vivimos algo parecido con la muerte de Juan Domingo Perón. Nuestro Marco Antonio fue en esa oportunidad un correligionario y a menudo adversario de Alfonsín, el Dr. Ricardo Balbín: nos permitió comprender que en un sistema democrático la confrontación política requiere de la amistad cívica. Aquel sistema político, a mediados de los años 70, era aún mucho más frágil y caótico que el actual. Ya se había desatado una escalada de violencia e irracionalidad nunca antes vivida y cuyas dolorosas consecuencias aún estamos, lamentablemente, sobrellevando. Fue sobre las cenizas aún calientes de ese enfrentamiento irracional e inútil que el Dr. Alfonsín comenzó la noble y ciclópea tarea de instaurar el Estado de Derecho, la democracia, el imperio la libertad. Nos mentiríamos a nosotros mismos si creyésemos que ese desafío ha sido exitosamente culminado. Queda un enorme camino por recorrer. Pero no debemos dejar que nos domine la angustia y la ansiedad. La construcción de una sociedad verdaderamente democrática requiere de un esfuerzo cotidiano, férreo, constante. Aún en los momentos más aciagos, y sobre todo en ellos, es fundamental sostener los valores. Ese es otro de los legados fundamentales de Alfonsín: nunca perder de vista los objetivos esenciales. Aunque los contemporáneos no lo comprendan, aunque sea difícil de comunicar. La coherencia entre fines y medios no siempre es evidente incluso para quienes suponen conocer de un tema. Pero a la corta o a la larga, es precisamente el sostenimiento inquebrantable de los valores lo que otorga sentido a decisiones o hechos controversiales. El problema reside cuando esos valores se evaporan, quedan desplazados por la obsesión por acumular poder por el poder mismo. Allí la democracia pierde sentido, se diluye la lógica del diálogo y la negociación. Suele imponerse la fuerza, el capricho, la manipulación de las normas institucionales para el beneficio personal. El país debería a esta altura ser conciente de los riesgos que implica esta dinámica de fomento del conflicto como instrumento deliberado de acción política. Podemos volver a meternos en otra encerrona trágica sino reaccionamos a tiempo y nos esforzamos por consensuar un conjunto de objetivos e instrumentos políticos que nos permitan revertir esta larga decadencia que experimentamos como nación desde hace demasiadas décadas. Hoy la Argentina despide al líder más importante de esta transición a la democracia. Ojalá reverbere para siempre en nuestra memoria colectiva su voz emocionada cuando en plena campaña presidencial finalizaba sus discursos con el rezo cívico del Preámbulo de la Constitución Nacional, por cuya vigencia plena tanto luchó. “