El encuentro de Descartes con Pascal

De un encuentro entre Descartes y Pascal en 1647, cuyo contenido nunca se supo, surge esta recreación de lo que pudieron decirse. Jean Claude Brisville, no oculta sus preferencias por Descartes al que presenta no exento de humor ,conforme con su vida, irónico en su ejercicio de la humildad, hijo de la razón y de la sensatez. La razón también podría haber sido extrema y rígida, pero ese papel le toca a Pascal en la obra, en su discurso aparece algo, muy poco ,de esas guerras religiosas que durante treinta años habían asolado a Europa, muy tímidamente algo de los hansenistas y de esa exageración de la pasión que fue la razón con la que se sometió la vida de muchos al albur de la búsqueda de Dios ( la guerra de los treinta años, transcurre desde 1618 hasta aproximadamente 1648, y llegó a decir hace poco uno de los grandes escritores de nuestra época, Günter Grass, que aún no había terminado del todo, recomiendo del autor Encuentro en Telgte sobre ese tema, en clave irónica vinculando la Alemania devastada de la segunda guerra mundial con la misma Alemania de 1648) En suma que gana Descartes, y sí, merece verse aunque solo fuera por suscitar debate, que se hará de verdad en el teatro el día 13 de febrero.

Beethoven

Inventor del Scherzo, intentó ser diferente siéndolo de verdad. Escribió menos sinfonías que Haydin (107 contra 9) porque pensaba que tantas finalmente se parecian. Romántico no obstante su energía y la sostenida tensión que tienen sus composiciones. La amplitud descriptiva y esa fuerza desatada de la naturaleza que aparece en su música así como sus ritmos ( esos golpes en la mesa que dice Jorge Golobof, mi profesor de música) son inconfundibles. Por ellos siempre se reconoce la música de Beethoven ( también Jorge dixit). Para tener en cuenta: estudia con Haydin y con Salieri, y llega a Viena en 1792, un año antes moría Mozart. Época de cambios,la Revolución Francesa se expande, a Napoleón héroe del momento para muchos, Beethoven le dedica su sinfonía número 3, Heroica, suprimiendo la dedicatoria poco después a la vista de la ambición guerrera e imperialista del emperador. Existen muchas versiones, los mas grandes directores interpretaron sus obras y la 3ª, menos conocida quizás que la novena o la sexta, pero que logra expresar la”grandeur” que contagia a Europa inicialmente el corso. Recomendable la antigua de Wilhelm Furtwangler, de EMI ( no obstante su pasado vinculado a la Alemania de Hitler como relata Szabó en la película Tomar Partido, que es recomendable ver)

La Clase ( cine Verdi)

Recomendable, muy recomendable cine francés, una clase cualquiera de un colegio público cualquiera, adolescentes que muestran la rebeldía de hoy, interracial, agresiva y la igualdad democrática en sus puntos críticos; el profesor, un profesor, el de lengua francesa que procura sortear los obstáculos de cada día de clase de la mejor manera posible. Se aplican las reglas de ayer a las actitudes de hoy, gloriosamente conseguidas a cambio de luchar contra la autoridad, la disciplina , la forma de calificar, de enseñar y de formar – nuestra revuelta de mayo del 68 que consiguió que los que enseñan hoy, bienaventurados y bienintencionados, no sepan qué hacer con los hijos de su lucha. Bien hecha, escasez de medios, buenos diálogos y bajo presupuesto.

El futuro del teatro Colón (La Nación 26 de enero)

Cuando, en junio de 2008, Daniel Barenboim tuvo que dirigir la orquesta Staatskapelle Berlín en el homenaje a los 100 años del Teatro Colón, en el Luna Park, al final de lo que fue un concierto memorable y contra su costumbre, se dirigió al público. Lo que dijo parecía casi un vaticinio de los tiempos por venir para nuestro gran coliseo. El Colón -dijo- no es sólo “un teatro para traer grandes cantantes y directores; es el símbolo de la riqueza de la vida cultural de la Argentina; por lo tanto, que hoy esté cerrado es una señal de que algo no funciona muy bien”.
Después de la renuncia sorpresiva, el 14 del actual, de su último director, Horacio Sanguinetti, -calificada unánimemente de “portazo” por todos los medios de comunicación-, el jefe de gobierno de la ciudad, Mauricio Macri, está haciendo uso del tiempo fijado por ley (hasta 90 días después de producida la vacante) para designar a su reemplazante. Atrás quedan entonces las numerosas críticas que provocaron más de una vez la labor de Sanguinetti y sus decisiones. Lo que sí sigue importando, y es más incierto que nunca, es el destino del Colón.
En este momento, el teatro más importante de la Argentina, declarado Monumento Histórico Nacional en 1989, y pieza clave de la cultura local, está cerrado, sin temporada, sin director, con las obras de refacción atrasadas y sin siquiera la certeza de que pueda reabrírselo para el Bicentenario. Por supuesto, como corresponde a esta historia con ribetes tragicómicos, las versiones que venían rondando a la malhadada restauración y sus peripecias desde el 2 de noviembre de 2006 -cuando el teatro cerró sus puertas para la puesta en ejecución de reformas estructurales de fondo, las que habían sido apoyadas y puestas en duda por igual- ahora han arreciado. A las duras críticas surgidas después de que se conoció un plan para instalar varias confiterías, puestos de venta de regalos y salas vip en las que históricamente hubo talleres y salas de ensayo (idea del ex director ejecutivo Martín Boschet), siguieron los rumores, surgidos de los sindicatos y de otros sectores allegados al teatro, de que se reduciría a 1000 los aproximadamente 1350 empleados de planta, rumores que aparentemente habrían quedado desmentidos después de la reunión que el lunes último mantuvieron con el ministro de Cultura, Hernán Lombardi, los trabajadores y en la que se trataron tres puntos fundamentales para ellos: la continuidad del personal estable y de los contratados, las condiciones dignas de trabajo y garantías sobre el resguardo del patrimonio que está todavía en el teatro (vestuario, documentación, libros y fotografías que no estarían aún debidamente inventariados).
Como se ve y como es costumbre en nuestro país, la situación del Teatro Colón ha logrado servir prácticamente a todos y para todo: para las pequeñas y grandes peleas entre políticos, gremialistas, empleados del teatro, teóricos de la restauración de los grandes teatros líricos del mundo y hasta los amantes de la ópera y del Colón, que desde hace más de dos años vagan inconsolables y como niños perdidos entre los sucedáneos porteños de su gran amor.
Pero lo cierto es que la sala que ha ganado renombre mundial por las insuperables condiciones de su acústica, su imponente arquitectura, la amplitud y belleza de sus instalaciones, su trayectoria y la capacidad superlativa de sus artistas para la producción de espectáculos está en peligro. Como escribió la semana última en este diario el director de Buenos Aires Lírica, Frank Marmorek, en su artículo “Por sobre el edificio está la institución”, “la institución Teatro Colón es el ámbito natural en el cual el artista argentino desarrolla el trabajo que asegura nuestra supervivencia cultural. No actuar contribuye a la destrucción progresiva de nuestra cultura y con ello, a la de nuestra identidad como Nación”.
No es posible entonces que el primer coliseo argentino deba padecer este sufrimiento que amenaza con transformarse en agonía definitiva. El Colón necesita cerrar prontamente este tiempo tan negro, triste e inmerecido de su historia, con los resultados que todos esperamos: que en el Bicentenario, con las mejoras concluidas y su esplendor recuperado, vuelva a ser el objeto de admiración de los amantes del arte y la cultura del mundo. Es un logro que toda la sociedad argentina, y no sólo los porteños, se debe a sí misma y debe reclamar.
Carlos Pipino agrega: ¿Es cierto que el Teatro Colón ha sido adquirido por la SGAE ( socidad general de autores de España)?

No recuerdo al autor

La fuga de Piazzolla

biografía en Sol Mayor #

Ésta es la historia de un músico que escribió con su vida la partitura de una fuga* y la toca así:

Padre, Abuelo, los muertos que hay en mí. Me estoy muriendo y estoy asombrado. No me muero en París ni con aguacero, pero esta vez me muero. Es el tercer infarto y los médicos no atinan a reanimarme. ¿Seguro que hay un cielo donde reunirnos en un tango? Ésos de los de ustedes, a puro dos por cuatro y acordeón. Abran que voy llegando, a puro abrazo, mis viejos.
Pero, tenga mano, tallador -o doctor, en este caso-, les propongo algo. Mientras los médicos me bombean el pecho -como si sirviera de algo, no entienden que el fueye se rompió. Así toqué yo la muerte del gran Troilo: rememoro sus dedos en “Quejas de bandoneón” y abro el fueye hasta dejarlo exánime y acabado.- mientras los tordos laburan inútilmente tratando de retenerme, ajustemos cuentas. Como hombres y como músicos.
¿Te acordás, papá, cuando robé la armónica, una Höhner cromática, en Macy’s? ¿Te acordás, Nonino, qué tiempos aquellos? Yo tenía doce años y la mafia copaba Nueva York, casi todos mis amigos eran hijos de delincuentes famosos. Pero no la robé por eso. Lo hice por vos; para repudiarte. En revancha del bandoneón que me impusiste cuando apenas tenía ocho años. Me lo ataste a las manos para siempre, viejo; me condenaste al bandoneón. Cuando me di cuenta fue brutal. Tenía poco más de veinte años y había compuesto una sonata para piano –hoy la usan como sonata modelo en el Conservatorio, si me permitís el alarde de hijo. Y nunca la pude tocar. Mis dedos estaban deformados, torcidos; especialmente los pulgares. No alcanzaban las octavas. Mi sueño de músico era ser pianista y ya no servía; mis dedos estaban hechos para el bandoneón. Qué bronca, padre, qué rabia de huesos cuando supe que iba a tener que cargar el fueye para toda la vida. Era el instrumento de la nostalgia más triste, de un género triste de tristeza porque era la música de tu exilio, papá, y del tuyo, abuelo. ¿Se acuerdan cómo cada noche de Nueva York se ponían a tocar el acordeón con los discos de tango hasta que hasta a la vieja se le saltaban las lágrimas y a mí me agarraba una cosa en el pecho que sólo me la sacaba soplando y soplando? Ahora que lo digo, una cosa en el pecho vale lo mismo para la tristeza que para el infarto ¿les importará el dato a los médicos que siguen dale y dale tratando de reanimarme? Lo lamento, doctor, ya no voy a soplar para que se me vaya el dolor del pecho, tengo ochenta abriles y soy más viejo de lo que puedo envejecer. Basta para mí. Pero entonces sí que soplaba y cuando tuve la armónica, tuve el jazz. Cómo explicarles qué es el jazz. Es la libertad. El jazzero improvisa y toca todas las notas que quiere, no importa cuántas son sino que vayan saliendo, pura presencia y hasta alegría. Además, era la música local, mi infancia era ahí y yo todavía estaba asombrado con la vida; no tenía forma de entender la feroz añoranza que habita el tango de ustedes. Sólo podía sentirla y la sentía en el pecho. Entonces robé la armónica y mientras mis mayores, con todo respeto, se revolcaban en la congoja y en las ausencias, yo me iba a la calle a tocar una música que me sacara el llanto del alma o la nostalgia del pecho, cómo saber qué va en cada lugar. Chan, chan. Terminé con las quejas del bandoneón, aunque tardé más de treinta años en reconciliarme con él y fue una francesa la que me lo devolvió. Pero eso viene después; ahora que me saqué el entripao de chico y les puedo hablar de hombre a hombres, quiero agradecerles mi música y reconocer formalmente –si los médicos pudieran tomar nota y darlo a publicidad en lugar de seguir bombeando frenéticamente, me harían un gran favor- reconozco, decía, que fueron ustedes dos, Nonino y Pantaleón, los que empezaron a escribir esa música tan revolucionaria y que me ha valido la fama. En mi partitura principian ustedes, mis viejos queridos. Ya me explico. Resulta que es verdad, doy fe, que a los que cruzan la puerta de la muerte con paso lento les es dado echar un vistazo definitivo sobre la vida que se les acaba de terminar. La luz de la agonía –ese entre que ya no es vida sin ser todavía jamás- revela la escritura que trazaron nuestros actos, nuestras pasiones y pesares, en fin, eso que fuimos escribió lo que sólo se lee a la luz de la lámpara de la parca.
Estoy feliz, padres. Acabo de leer el libro de mi vida y está escrito en pentagramas, toda mi vida está contada en una fuga. Y es una fuga buenamente humana. Como todos los hombres a los que no se les arrebató el futuro, fugué desde los ancestros al porvenir con guerritas en ambos frentes y a todo fragor.
Escuchen mi Fuga que una y otra vez empieza con padre, abuelo y acordeón. Atenti los doctores, sin ánimo de confundir al estetoscopio, lo que suena es ruido del alma. La Fuga de Piazzolla empieza con una canción de cuna tristísima cantada por una voz ronca de llorar perdidas en un tono oscuro de callejón. Es una melodía plañidera de adióses, húmeda por la bruma del puerto de Buenos Aires, que instala un mal sabor en el pecho. Oigan: la nana se acalla empujada por una armónica que empuña el jazz hasta quitar la amargura y que los huesos mismos empiecen a vibrar. Viva Borah Minevitch. Un bandoneón se desliza por lo bajo. Dios mío, imposible de acallar, el fueye avanza como un tanque sobre la diminuta armónica. La aplasta pero dulcemente, con ternura, cimbreándola con Gershwin y Bach. Ésa es una que tenés pendiente con la vieja, papá. Cuando me obligaste al bandoneón ella me pagó a escondidas las clases con Bela Wilda que vivía al lado y yo lo descubrí por casualidad, un día lo escuché tocar el piano desde el patio de casa y me conmovió tanto que no paré hasta que la vieja se me hizo cómplice y empecé a estudiar con él y a tocar en el fueye jazz y música clásica. Pero Wilda se mudó y el bandoneón empieza a tocar una que revuelve las tripas. Vuelve la amargura y se instala. Este solo de bandoneón habla de las turbulentas humillaciones de mi adolescencia cuando disfrazado de gauchito con escenografía de puerto brumoso y mujeres nocturnas tocaba en los bares de Nueva York. En verdad, no hay como el fueye para hacer música de desaliento. Por ese tiempo fue mi encuentro con Gardel, o mi desencuentro. Fui a verlo al hotel y me dejó que le tocara algo en el bandoneón. Arranqué con Gershwin, se rió y me pidió un tango y cuando lo toqué, se volvió a reír y me dijo: “Lo otro muy lindo, pibe, pero el tango lo tocás muy mal.” “Es que no lo entiendo –le expliqué-. A mí me gusta el jazz.” Igual hice de canillita en El día que me quieras y grabé con él el disco de la película. Al bandoneón no hay quien lo pare, dale que dale, como los médicos, se adueña de la partitura y cuenta que volvimos a Argentina y mi época con Troilo. A puro tango, señores, del cuadrado y que se baila en cabarutes, un dos por cuatro autóctono. Atención, no se pierdan la entrada del piano. Los dos instrumentos juntos son una gloria. Al pianista de Troilo también le gustaba la música clásica y su amistad fue mi devoción. Por él escribí un concierto para piano y empecé a estudiar con Ginastera. El fueye se cabrea con esta intrusión del teclado pero el piano le planta cara y los dos se traban en un mano a mano encarnizado. Oigan la batalla. Yo sentía que me desdoblaba. De día, Bártok y Stravinsky, sonidos nuevos que planteaban una armonía distinta; música de planteo, cosa de intelectuales, ésa era la música que yo quería hacer. De noche, el cabaret con sus tangueros brutos. Me rompían los ejercicios que escribía en el camarín, los manchaban, si hasta me vuelve el rencor, mi viejo rencor. Mientras el piano frasea clásico e intelectual, el bandoneón ejecuta las burlas, los odios, el resentimiento de los suburbios. Yo me volvía cada noche más violento; me avergonzaba de ser tanguero. Un abismo separaba mi día y mi noche. Piano y bandoneón como dos badajos inacordes de tiempo en una misma campana, y cito por vez tercera a César Vallejo. Me gusta la cita; es un cruce entre el homenaje y la importación. Y para crear hay que importar. Todo artista es un buen importador. Así creé nuestra música, le metí contrapuntos al tango, fugas, acordes de jazz. Todo lo que me gustaba de la orquestación clásica y la libertad de improvisar que aprendí del jazz lo metí en el tango. Fui por agua a todas las fuentes y en ninguna me negué a beber. Pero, para hacerlo tuve que superar la vergüenza –me duele decirlo- de venir del tango y estar condenado al bandoneón.
Primero abjuré. En un duelo prematuro y surrealista, entrevero de desafío y dolor, estrangulé al fueye con una cuerda del piano y fui a anclarme en París. Escuchen ahora el silencio del fueye (como el de mi pecho, parece que los doctores se están cansando de bombear). El piano se erige, él solo una orquesta, música de cultos anda por doquier. Ese ano en París me atiborré de la música que admiraba a puro despecho de la que me había acunado. Todo ese ano estudié con Nadia Boulanger –su intuición musical te hubiera conquistado, viejo. Le oculté celosamente mi pasado. En el examen de admisión le presenté la partitura de Sinfonietta y aparté el cáliz del bandoneón. En la última clase –con esas maneras exquisitas de quien se va a manifestar maestro- me pidió que le hablara de mi pasado y yo, entonces, le toqué un tango mío, Triunfal. “Yo sabía que usted estaba en alguna parte, Piazzolla –me dijo-. Ahora que lo hemos encontrado creo que ya no me necesita.” En ese momento dejé de sentir vergüenza por lo que había sido.
Oigan, mis viejos del alma, cómo suena nuestra música ahora: piano, violines, bajo, guitarra eléctrica, cello y mi bandoneón. Vamos a confundir razones y corazones, a vibrar en la libertad de ser nostálgicos, a darle presencia a la distancia, a vitorear la ausencia. Aleluya al entrevero, si hasta los tordos pararon con el bombeo y se pusieron a escuchar. Escuchen al fueye empinarse en la altura emocionado: en despliegue de fragor copa la banca, se extiende al infinito y se encoge en plegaria a los que fueron hasta resolverse en un soplo, como yo agradecido, qué más da, agradecido.

* Fuga: composición de dos o más voces (o líneas musicales ) que suenan juntas, en contrapunto, o una se alza sola mientras la otra llega a desaparecer tal vez durante varios compases para volver a imponerse y a perderse hasta un final en el que suenan concertadas o con desconcierto.

Orígenes

El hombre debía decidir, sí, debía decidir. La vida lo ponía en aprietos, no era justo, siempre había evitado las confusiones, las dudas, las zozobras que las bifurcaciones crean, tenía miedo a las encrucijadas, las elecciones le generaban la sensación que cualquier opción era peor que la que abandonaba, pero cuando rectificaba y volvía a la anterior, de nuevo comenzaba a atraerle la otra. Siempre era la otra, siempre.

De pequeño era mas fácil, hijo de hispanos en USA, había querido con todas sus energías ser americano, muy americano. Se negó a hablar español, sí, no quería que lo confundieran con sus padres, con ese acento inglés tan delator. Él adoptó las costumbres, las maneras, el corte de pelo, todo aquello que lo asimilaba a un buen americano. Cierto es que su aspecto, su pelo negro, su cara de formas redondas… pero eso no era su culpa, no lo podía evitar.

Cómo hubiera querido tener una familia americana, incluso descendientes de irlandeses, un padre enérgico , rubicundo, buen bebedor, una madre delgada, simpática, práctica, una familia protestante, como todas.

Claro que no hablaba español, se negó, respondía en inglés, a veces , a su pesar lo entendía, entendía a ese padre moreno, bajo , de hablar suave y monocorde, a su madre, gorda , de hablar fuerte y de quejas y reproches permanentes.

¡Y su nombre! Qué vergüenza en el colegio cuando lo nombraban, cómo le hubiera gustado llamarse con un buen nombre inglés, por las noches, antes de dormirse, se imaginaba poseedor de bellísimos nombres , de sonido musical, con ritmo corto y seco, de noble origen, Lancaster, Buckingham, Davemport, pero la fría luz de la mañana lo situaba en su triste dimensión, su apellido era López, López.

Cómo se enamoró, ya adolescente, de esa irlandesa, pelirroja, tan típica, de su familia, de sus hermanos, eran ideales, incorporó a esa familia con tanto deseo de confundirse en ella, que sin darse cuenta, jamás volvió a ver a la suya.

En su trabajo, cuando aparecía un hispano y a su pesar lo reconocía, le respondía que no hablaba ni entendía español, que descendía sí, pero tan lejanamente… de la época de la fundación del país, hasta tenía una bonita historia, que situaba a sus antepasados, de noble origen, en un rancho enorme, lleno de sirvientes, esclavos negros que les atendían, caballos, fiestas, una enorme riqueza por las plantaciones de algodón, que claro, la guerra de secesión había confiscado para el norte, los yankees, en fin.

Sus ideas políticas eran claras, América para los americanos, los derechos civiles para los blancos, la decadencia era evidente, entre los negros, los hispanos, los judíos, el país estaba en manos de poderes ocultos confabulados que ya detentaban el poder. La pena de muerte, el derecho a portar armas, ésa era la esencia de América, el país más poderoso del mundo.

Cuando miraba su pasaporte se henchía de orgullo, lástima lo de López.

Sus aficiones eran simples y buenas, los Yankees de Nueva York, la tele, las hamburguesas, la iglesia y el pastor los domingos, sus ambiciones ver crecer a sus hijos, que fueran buenos americanos, lástima lo de López.

Creía en su empresa, admiraba a su Jefe, seguía fielmente sus órdenes. Su jefe seguramente pensaba, lástima lo de López.

Y ocurrió aquello. Lo ascendieron, le dieron un grupo de gente, los reunió y cuando, después de presentarse debía dar las primeras órdenes, sintió un malestar en el esternón, un sudor frío, su mente se desdobló, se vio a si mismo, con su aspecto, a punto de hablar, ese otro le dictaba las palabras que iba a pronunciar, casi al mismo tiempo, la sorpresa le impidió decirlas, sus subordinados lo miraban, su silencio, su duda ,eran las palabras, las palabras.

La culpa era de esos subordinados que lo miraban, lo miraban. El acto se suspendió, atribuyeron su malestar a la emoción, tan típica de los hispanos, tan pasionales.

El otro, siempre presente, ya nunca se fue, le decía, oye López, tienes que decidir, la vida es optar, haz algo, si hago, soy un buen americano,pero decidir, decidir, tienes que ser tú. No,

Calvino

Il faut être léger comme l´oiseau, et non comme la plume
Paul Valéry

Calvino poco antes de morir (19/9/1985), fue invitado por la Universidad de Harvard para dar un ciclo de seis conferencias. Murió una semana antes de viajar a USA y según relata su mujer, Esther, el manuscrito estaba en su escritorio terminado y ensobrado, salvo “El arte de empezar y el arte de acabar” que fue hallado años después. El cambio de milenio le sirvió como pretexto para proponer aquello que la literatura debía perseguir y, por lo tanto, lo que ya se podía abandonar. Es posible, ¿por qué no? extraer enseñanzas para otros campos del pensamiento.

Tituló a sus conferencias : levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad. El arte de empezar y el de acabar envuelve a todas y les da sostén.

De todas las historias posibles, la elección de una es excluyente de todas las que no serán contadas pero ésa, la elegida, tampoco será escuchada si no despierta un mecanismo asociativo en el lector, que le permita a él construir un sentido que no está en el relato de manera aparente. Es así que lo evidente impide la percepción.

El pretexto no es sino un recurso usado por Calvino para dar forma a su relato. Del pretexto nace la asociación y con ella la transmisión del sentido. Calvino no cuenta una idea, hace que del relato de hechos asociados de manera circular, rodeando su pensamiento y el del lector, aproximándose, entretejiendo pistas, recorriendo vericuetos, seduciendo su imaginación, la idea finalmente surja en el lector. Cuando el profesor Garcia Morente, en sus clases recogidas en “Lecciones preliminares de Filosofía”, ejemplificaba el concepto de vivencia, explicaba que unos minutos en Paris constituyen una vivencia, y que un estudio exhaustivo de la ciudad por medio de libros dan mas conocimiento, pero no vivencias. Calvino construye sus ensayos intentando que el lector tenga una vivencia de su pensamiento.

En esta primera entrega me centraré en la levedad.

Necesita Calvino dar un repaso mitológico, propone el reflejo, la construcción indirecta, lo indirecto como medio para alcanzar la emoción, lo indirecto como manera de alcanzar el milagro de la comunicación con el lector.

La Gorgona (1) putrefacta, sumida en una fealdad que empieza a apartarse de su maldad, degollada, mira a la tierra y surge el coral. De la mano de Calvino, lo malo, lo dañino, aquello que nos aterrorizaba de la Gorgona, la potencialidad permanente de causar daño, superpuesta a la mas terrible fealdad se aleja, produciéndose entonces el desdoblamiento; lo malo-feo queda solamente como feo, pero esa fealdad empieza a comunicar una cierta piedad: estamos perdonando a la Gorgona, porque de esa fealdad sin maldad nace la belleza. Aceptamos así el par feo-bello como parte de la misma necesidad. Recuerda a Schwob, que sostenía que las emociones extremas son la piedad y el terror, quedando las restantes, como el amor, atenuadas entre ellas.

Calvino recurre a un relato breve de El Decamerón (2).Se encuentra el poeta y filósofo Cavalcanti caminando por el cementerio cuando se le aproxima un grupo de amigos y, en tono festivo, le preguntan que hará cuando descubra que Dios no existe, a lo que el poeta responde: “Señores, en vuestra casa podéis decir lo que queráis” y de un salto pasa por encima de una tumba y desaparece. La sensación de aparición-desaparición, el aire, la inmediatez del resultado, la superación de la gravedad hace que el lector acceda a una sensación que es posiblemente la finalidad, no relatada, de la historia. La respuesta de Cavalcanti a sus amigos habría tenido el peso de lo cómico, y el juego asociativo muertos-cementerio solamente se habría quedado en esa superficialidad, de no haber ido acompañado por el acto de la inmediata desaparición del filósofo, que contagia de ligero humor al relato. Es decir, permite que un gesto, un acto, incorpore un sentimiento mas sutil y profundo que el que se desprendía del puro texto.

Cuando Freud,(3) en “El malestar en la cultura” se remite a Romain Rolland para agradecerle una carta que le escribió con motivo de la lectura de “El porvenir de una Ilusión”, en la que se refería al sentimiento oceánico como la fuente última de la religiosidad, trata de desentrañar qué quiere esto decir, e intenta describir una comunión del ser con la naturaleza , una especial sensación de encajamiento, de acomodamiento a la naturaleza y de pertenencia a la historia, manifiesta su sorpresa y la gran dificultad de razonar las emociones, y declara que nunca ha experimentado el tal sentimiento oceánico. Por aproximación, examina el enamoramiento como el estado en el que se difumina el yo, esa extraña patología que supone que yo y tú son uno, para concluir que es el único estado que permite entender el sentimiento oceánico. O sea, que el amor es un sentimiento oceánico.

Es decir, que el amor es la propuesta liviana, el desprendimiento, la manera de salir de la propia mismidad del yo y estar en otro, sentir en otro. Este sentimiento rompe con el tiempo, la gravedad y, lo que es más importante, con la razón, quizás el mejor sinónimo de lo pesado.

Bien, ahora quiero poner un ejemplo de cómo se puede decir lo mismo posando en el lector o espectador el sentimiento aligerado, preciso y claro.

“El misterio del escorpión de jade”, última película de Woody Allen, trata del amor, del sentimiento oceánico. Para ello recurre a una historia de serie negra, en la que un misterioso hipnotizador obliga a un detective y a una aparentemente odiada compañera de trabajo a robar joyas, mediante una hipnosis en la que captura sus voluntades. El detective y su enemiga están enamorados y la hipnosis es el recurso de Allen para poner texto e imagen a ese misterioso, inexplicable y también impredecible sentimiento que es el amor.

Una vieja leyenda(4) cuenta que el emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El Arzobispo Turpin, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpin, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpin arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago de Constanza y no quiso alejarse nunca mas de sus orillas.

La aparición del amor en literatura y fuera de ella es inexplicable, y por ello la magia, el encantamiento, dan cuenta del concepto con precisión y misterio. Calvino utiliza esta leyenda para iniciar su conferencia sobre Rapidez.

Cuando la realidad se apodera de la palabra, ésta se hace corpórea, densa, sólida. Cuando la palabra se apodera de la realidad para imponerse a ella, el sentido navega por una rápida superficie.

¿Es lo liviano lo que en palabras de Shakespeare (5) “are such stuff as dreams are made on”? Ese tejido de los sueños, ese polvo atravesado por la luz que le da cuerpo inventando el aire; ¿es eso de lo que estamos hablando?, ¿se trata entonces de literatura o de la vida misma?.

La melancolía es una tristeza aligerada dice, no textualmente, Calvino. ¿No será la malincolia( recurriendo al italiano) una forma estética de la melancolía?. También agrega Calvino que el humor es lo cómico que ha perdido la pesadez corpórea. ¿No será la ironía un juego liviano del humor?

Dice Beckett (6) “little es left to tell”, pues en ese pequeño espacio cabe la literatura, y la vida. Es quizás la liviandad evanescente que permanece; escuchemos la voz de Monelle:

“Porque soy yo la que se pierde apenas se encuentra…
Destruye todo bien y todo mal. Los escombros son parecidos.
Destruye las antiguas habitaciones de hombre y las antiguas habitaciones de almas; las cosas muertas son espejos que deforman.
No arrojes escombros detrás de ti. Que cada cual se sirva sus propias ruinas.
No construyas en la noche pasada. Deja que tus obras huyan a la deriva.
Para todo deseo nuevo, haz dioses nuevos.
Que todo Dios desaparezca en cuanto haya sido creado.
Que todo Dios sea Dios del momento.
Piensa en el momento. Todo pensamiento que dura es contradicción.
Ama el momento. Todo amor que dura es odio.
No retrases el momento: apurarías una agonía
Ya ves: todo momento es una cuna y un ataúd
Quema cuidadosamente a los muertos y esparce sus cenizas a los cuatro vientos del cielo.
Muestra desconfianza hacia todos los cadáveres.
No beses a los muertos porque ahogan a los vivos.
No colecciones sobres vacíos
No te conozcas a ti mismo.
Olvídame y te seré devuelta.”

Calvino toma un cuento de Kafka (8) para recuperar la imagen de un hombre con un cubo vacío, que atraviesa el tiempo y debe decidir con qué lo llena: de momento, de aire literario insuflado por ese sentimiento oceánico que nos mantiene vivos .

Carlos Pipino

(1) Seis Propuestas Para El Próximo Milenio- Siruela –Madrid-1998-pag.22
(2)El Decamerón-Bocaccio-El Arco de Eros-EDAF –Buenos Aires 1961
(3)Freud-Obras Completas-Tomo 3-Biblioteca Nueva-Madrid 1973-pag.3018
(4) Seis Propuestas Para El Próximo Milenio- Siruela –Madrid-1998-pag.45
(5) Seis Propuestas Para El Próximo Milenio- Siruela –Madrid-1998-pag.34
(6) Seis Propuestas Para El Próximo Milenio- Siruela –Madrid-1998-pag.142
(7)Marcel Schwob-El Libro de Monelle-Hiperion-Madrid 1995.
(8) Seis Propuestas Para El Próximo Milenio- Siruela –Madrid-1998-pag42.

Reencarnación

Debo yo también confesarte algo, te dije que mi familia era de origen francés, que fuimos tradicionalmente y durante generaciones a partir de la invención del hierro, verdugos reales. Ciertamente la revolución nos perjudicó, trabajé (y aquí escapa la dura verdad) duramente durante el verano de 1789, entrados en un frío otoño que anticipaba un mas frío invierno, fui un día como todos a trabajar, como siempre saqué la cuchilla de su funda, la coloqué cuidadosamente en su marco, tenía tiempo; siempre tenia la precaución de llegar una hora antes para que nada fallara, tensé la cuerda, estaba todo bien y me eché un trago de aguardiente para entrar en calor. La víctima como siempre en esos tiempos era uno mas de la nobleza, lo pongo en el cepo, yo en ese momento tenia por costumbre mirar a la multitud para que el pueblo disfrutara del momento, cuando el cura asiente bajo la palanca, se oye un ruido…y nada. El condenado me mira como diciendo para cuando, el cura abre los ojos y me hace un gesto iracundo, el ujier me amenaza con la mano y yo ahí impotente en brazos del destino sin que la cuchilla se moviera.

Un gesto rápido del oficial al mando, me sujetan, quitan el cepo al condenado que por mandato divino salvó su vida, ya sabes que esto se interpretaba en aquellos tiempos como un gesto de la misericordia de Dios, desarman el artilugio y aparece a la vista de todos la enorme mancha de herrumbre que había impedido el deslizamiento natural de la hoja.

Qué oprobio, qué vergüenza para mi nombre y mi estirpe. Me despidieron, en el juicio quedó demostrado que la herrumbre se había producido por falta de higiene, en fin, que había olvidado lavar y engrasar la cuchilla. Marat enfurecido mandó repetir el proceso…del que se salvó gracias al óxido, a mi a la calle, a los caminos y sin indemnización ni pensión.

Había perdido toda esperanza, vagaba de pueblo en pueblo en esa Francia imperial para la que ya no existía y aquí viene lo peor, yo, sin darme cuenta con el tiempo había adquirido una , digamos, cierta afición … a la sangre. Claro, verás, con lo años de ejercicio profesional, después de cada trabajo, yo limpiaba el suelo con un cubo y una vez sin quererlo, por dejar mejor el cepo, le pasé la manga y me pasé el brazo por la cara para enjugar mi sudor. Pues la probé.

Sin reconocerlo ni frente a mi mismo, de vez en vez, de la manga al dedo, del dedo a la copita, fue sin darme cuenta que me
Transformé en sangre dependiente.

Despedido se había acabado mi fuente de placer, pero no termina ahí mi desgracia, noté que también me debilitaba. Una noche asistí a una ejecución en La Veciné, había adquirido la costumbre de ir a ver a mis excompañeros para no desactualizarme, los tiempos modernos traían cambios en la técnica y yo abrigaba el secreto sueño de ser indultado, que un día se reconocieran mis méritos , mi mano firme, mi pulso sereno, en fin, no es lo que te estaba contando.

Te decía que asistía a ejecuciones, esa noche cuando quedó la plaza desierta me acerqué al tablado, subí a la tarima y me arrojé desesperado al suelo para sorber los restos de sangre.

De allí en mas, hasta hoy querida mía. Nací en agosto de 1770, tengo 233 abriles, ¿a que no los represento?.

PD: Odio el ajo y amo la noche

Un beso

Israel

”.Quiero que sepas, Zeide ,que para trabar amistades no hacen falta grandes cosas, lo mismo que para odiar; basta con razones muy pequeñas, lo mismo que para amar”

Meir Shalev
“Por amor a Judit”

O nada

La autobiografía es un diálogo ensimismado con un testigo
anónimo. No escribimos para nadie, la presencia del otro es a

veces un desdoblamiento de nosotros mismos, portadores de
disfraces; en ocasiones un espectador inventado que conoce lo
que desconocen los protagonistas, otras ,nosotros en el pasado,
también en un futuro inmediato, o dentro de años, o muertos
representados por nuestros fantasmas; todos en definitiva
convocados por la angustia o el fluir del texto, y otras es otro
el imaginado, un ser para nosotros, que no será ese que es.

A todos les queremos contar algo, la memoria es una forma de
invención, trampa selectiva del sujeto, lastrada en ocasiones
por un periodismo trágico involucrado en una realidad de la
que se debe dar cuenta a nuestros anónimos descendientes o
contemporáneos compañeros de tragedia. Pasar la antorcha es
una manera de vivir, vivir en otro, otro que nos imaginará y
gracias a él existiremos aun muertos. Del acontecer doméstico
quedarán los anclajes esenciales, las raíces de la identidad. Las antorchas han vuelto a Israel, luces de sangre hechas historia y cultura, autobiografía testaruda y recurrente. Claro ejemplo de un pueblo obligado a quebrantar un género, que usó el diario como memoria y ésta como historia.

Cuando el Sr Mes….. se presentó en el despacho de su abogado,
recién llegado a España desde su Turquía natal, no habló en
turco, se presentó en castellano antiguo (denominado Ladino,
ver etimología). Sonó el idioma lejano pero no ajeno, un
esfuerzo de atención permitió despejar la efe recordando que
ahora es hache y surgió entre el español y el turco, ambos
alejados de los quinientos años que habían pasado desde que
sus antepasados pisaran tierra común, una comunicación,
producto en el turco de haber arrancado una atávica traza a
aquél que fue echado y contó a su hijos, y a los hijos de sus
hijos, con mimo y memoria esencial, la huella de aquella
identidad; en el otro la mera inercia de los tiempos lo habían
situado en su lengua.

No sabía Annie Witting si su carta llegaría a destino, pero
contaba como habían llegado a Shanghai, dónde los habían
situado, su preocupación por el acercamiento de China a
Alemania, el Ghetto que había nacido a poco de llegar, y de
hecho la carta llegó a otro destino; a otro quien recuperó y
reconstruyó esas historias transformadas ahora en un
documental llamado Port of Last Resort ( film by Joan Grossman
and Paul Rosdy), que cuenta qué pasó con esa inmigración de
20000 judíos a Shanghai en la segunda guerra mundial.

Tampoco imaginaba Gena Turgel que su belleza le parecería aria
a los alemanes y que ello le iba a salvar la vida en el campo
de concentración y que allí, al final de la guerra, iba a
encontrar la felicidad conociendo a un inglés que entró con
las fuerzas de liberación, con quién se casó en el mismo campo
con un traje de bodas hecho con un paracaídas. I Light a
Candle ( The library of holocaust testimonies – Vallentine
Mitchell-London) es una conmovedora autobiografía con final
feliz que da cuenta de cómo era Cracow- Polonia, en el momento
de la invasión y del trágico final de casi todos.

Etty Hillesum deja cartas (El corazón pensante de los
barracones, memoria rota. Anthropos), escribe el 1 de julio de
1943

“en pocos días se nos ha arrancado de nuestros cimientos mas
elementales a la par que una nueva fuerza surgía en nosotros.
Para aceptar la propia ruina personal hace falta esa fuerza
interior”

Magris escribe Lejos de dónde, Joseph Roth y la tradición
hebraico oriental (EUNSA, Universidad de Navarra-Pamplona) y
parte de la anécdota, contada por Saint Exupery, en la cual un
judío que marcha a América es interpelado por otro que le
pregunta “¿Te vas muy lejos?”, a lo que mirándole asombrado,
responde el primero ”¿Lejos de dónde?”. En esta anécdota queda
patente -dice Magris- la concepción de un pueblo que se siente
tal por su unión a la Ley y a la Tradición y por tanto en
constante exilio porque su tierra es la de los campos y
ciudades descritos en las páginas de los Textos Sagrados, y
ésa se lleva siempre consigo. De ahí que sea un pueblo de
libros, en dónde el libro forma parte de su archivo cultural.

Joseph Pla (Israel 1957. Destino, pag. 61) dice:

“..es un país que devora todos los proyectos, que los envejece
a gran velocidad….El esfuerzo sobrehumano, larguísimo,
realizado por el pueblo judío por mantenerse en la diáspora,
ahora lo aplican en el regreso…Tel Aviv no tiene leyendas, ni
historia ni pasado, sus raíces son superficiales”

Después de sucesivas expulsiones y persecuciones, de dejar
tierras y encontrar otras, de incorporar costumbres sin perder
las esenciales, posos del mundo se encuentran en Israel como
huellas mnemónicas que conforman la memoria subyacente de su
pueblo en donde la autobiografía ha tenido un papel
determinante por la necesidad de conservación de su identidad.

Es, precisando a Pla, la ciudad de ladrillos más jóvenes
habitada por la historia mas antigua.

Noviembre 2005
Carlos Pipino

Gota sin destino

Una gota sin destino, que por azar era roja, navegaba hendiendo el aire montada en un blanco pincel, estrellada fue en dura superficie; su vecina, que había llegado poco antes le advirtió, júntate a mí o nos revolverán. Se fió de ella a pesar de ser amarilla, y a su lado se dispuso a secarse, a echar toda esa humedad que si bien le daba brillo la hacia blanda, sin carácter. Poco a poco sintió la dureza del tiempo, la sequedad del entorno, sus extremos se endurecieron, su volumen se perdió y plana, plana como su vecina y a su altura se dispuso a descansar, a integrar su vida con las otras, a formar parte de una idea de un desconocido hacedor; ¿casualidad, destino, plan preconcebido? Pensando en ello su última humedad escapó y estática para siempre quedó.